La ciudad de los gatos

La ciudad de los gatos

Algunas historias del Camino de Santiago pueden ser extraordinarias, muy tristes, pequeñas desgracias, hermosas amistades…  Momentos que te alegran el alma o que te hunden el día.  

Una de las experiencias que hizo nacer Camelias en noviembre sucedió en un pequeño pueblo, antes de empezar la subida al Obradoiro, en el que parecía no vivir nadie, pero que estaba lleno de gatos, ¡lleno!

Di una vuelta por si veía a alguien. Llegó un coche con un hombre. Inmediatamente los gatos acudieron. Yo también. No podía perdérmelo. Le hablé la primera, interesándome por el pueblo. Me contó que él y su esposa habían vivido allí hasta hacía unos meses, sus últimos habitantes. Se habían mudado a Ponferrada, creo que dijo, pero él, casi todos los días llevaba comida a los felinos. Estuvimos hablando largo rato. Muchas veces me he acordado de ese pueblo, aunque no de su nombre. Para mí no puede llamarse de otra manera que «La Ciudad de los gatos».

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Otro día: se hacía de noche y, cansada, decidí buscar donde quedarme. Reconozco que, si se está haciendo el Camino, es más auténtico quedarse en los albergues que están para tal fin. Pero, los horarios, dormir varias personas… Hay muchas maneras de hacerlo y la mía es esta. Octubre, los días son cortos, pero encontrar alojamiento no es problema. Llegué a un bonito hotel en un polígono industrial. De día abría vida, pero a esas horas…, ¡Nadie! Puerta cerrada y portero automático. Llamé, y una voz de mujer:

—¿Qué desea?

Dije que habitación, si había disponible. Dijo que sí, además del precio. Cuando contesté que de acuerdo se abrió la puerta y una voz metálica me sobresaltó a la entrada:

 —En el mostrador están las llaves, coja la número 15

Dos horas más tarde bajé y, como seguía sin ver a nadie, llamé al timbre otra vez. Pregunté si tenían comedor.

—El hotel no dispone de comedor. Saliendo a la izquierda, a cien metros, hay un restaurante. Lo encontrará.

Cómo no lo iba a encontrar si era la única luz del polígono. Y era bonito, además, como un hórreo pero más grande. Mi mesa y otra más.

A la mañana siguiente, con mochila al hombro, dispuesta a marcharme, volví a tocar el timbre para pagar la cuenta. «A que ahora sí vienes», pensé. De nuevo la voz:

—Vaya al mismo restaurante de la noche, y pague allí. Y Buen Camino.

¡Hala! Aguanta el genio. Tengo la seguridad de que estuve sola en el hotel, y en el polígono también. Y todavía lo estaba, porque era domingo. Aunque, durante la noche, hubo un silencio…

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Ahora, mi muñeca como despedida, siempre será así. Esta, una preciosidad hecha a mano la compré en la gran Plaza del Mercado interior de la hermosa ciudad de Cracovia, Polonia. Visité el Barrio Judío y una sinagoga. También La catedral de Wawel, donde fue obispo Juan Pablo II, que tuvo un papel trascendental con la resistencia durante la Segunda Guerra Mundial, donde la vida y la muerte fueron especialmente duras en Cracovia.

Estuve en el campo de concentración de Auschwitz, del que no quiero hablar.

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