¡Volando! 4ª parte. Los Ángeles y fin de fiesta

¡Volando! 4ª parte. Los Ángeles y fin de fiesta.

Había que hacer unas fotos a la colina de Hollywood, ¿no?

Pues bien, el cartel se podía leer casi de cualquier lugar de Los Ángeles que te pusieras, pero la señora conductora quería cuanto más cerca mejor, aunque se veía peor. Llegamos con el coche hasta lo imposible, estaba prohibido. Una subidita más a pie, y a la vuelta un bonito sobre estaba en nuestro capó, con una nota y recomendaciones muy claras que nos apresuramos a obedecer, no fuera que, en lugar de no dejarnos entrar, ocurriera todo lo contrario.

En el Paseo de las Estrellas había mucha gente pisando nombres y haciendo fotos. Yo al principio las hacía a todos por los que pasaba: eran conocidos, sobre todo los muertos. Cuando me enteré de que no había un solo paseo, sino varios, dejé de hacerlo. Dice internet que hay 2.765 baldosas «aproximadamente», ¿es que no saben el número exacto? Mi marido quería una foto de la de John Wayne, y aquí está. Mi otra hija encargó la de Madonna, pero no hay. He leído que para que no la pisoteen o porque no cumplió alguna obligación. También vimos  El teatro Dolby, el de los Óscar.

Mi hija quiso visitar la inmobiliaria de la serie de Netflix Sunset: La milla de oro. Aunque es un negocio real, estaba cerrada. Allí no se veía nadie salvo chicas que llegaban y se hacían la foto de rigor delante de la puerta. Ana también se hizo la suya, porque además es del gremio. Jason Oppenheim y su hermano gemelo son unos magnates Inmobiliarios, los preferidos de las estrellas. Comimos al lado, donde suelen hacerlo ellos. Nos dijeron que rodaban algunas noches.

Es un barrio muy exclusivo. Vimos las casas que venden, los precios oscilaban de los cinco a los veintiún millones de dólares. No eran tan impresionantes, por fuera, claro, porque por dentro las muestran constantemente en la serie. Me pareció que había muy poco sitio, como si todos quisieran vivir allí estrechos, con todo el espacio que hay en Los Ángeles.

Beberly Hills, Bel-Air y  Rodeo Drive, donde están las grandes marcas. Nos paseamos y entramos en algunas. En Prada una adolescente estaba comprando unas zapatillas de andar por casa por mil trescientos dólares.

Descubrimos que las tiendas se comunicaban a una zona interior fabulosa, en la que había hoteles, restaurantes, y, sobre todo, clínicas de estética… ¡Muchísimas! Aquí una pequeñísima muestra.

Cerca está el hotel Beverly Wilshire (el de Pretty Woman), uno de los tres más lujosos de Los Ángeles. Entramos y fuimos derechas al bar: gente guapa en la barra. Y unos camareros simpatiquísimos que, en cuanto que nos vieron y pedimos la consumición, dijeron alto en un castellano perfecto «Aquí dos hermanas españolas», y nos presentaron a un iraní más joven y un portorriqueño mayor, Pedro, con muy buena planta, los dos.

Empezamos a hablar con naturalidad, todos lo hacían. En un momento preguntó Pedro:

—¿Qué hacen dos españolas en Los Ángeles?

—Acompaño a mi madre que ha recogido un premio literario —contestó mi hija.

Aquello despertó un interés que no me esperaba. Miraron el título de la novela en el móvil y lo encontraron. Esos días se estaba vendiendo Camelias en noviembre en California. El iraní, que no hablaba español, dijo que vivía cerca y que le gustaba el ambiente del hotel. Pedro creo que se alojaba allí; para mí que era diplomático, habló de José Andrés con familiaridad, “que habían tratado sobre unos asuntos de Puerto Rico”

Pregunté a los dos personajes si eran amigos, a lo que Pedro respondió:

—Nos hemos conocido hace media hora…

Estábamos una tarde en la parte financiera, con altísimos rascacielos y muy modernos. Una ciudad diferente a la de las casas bajas. Entramos por primera vez a un garaje cerrado de un edificio no demasiado alto y subimos a la azotea. Estaba ocupada totalmente por el San Laurel, uno de los tres restaurantes que tiene José Andrés en Los Ángeles. Tomamos café y alguna cosita leve. Vimos la carta que nos pareció razonable y pedimos mesa para comer o cenar el día siguiente. Estaba completo. Luego vinieron a decirnos que sí habría sitio. Aun así, preferimos llamar. Pero ya no hubo tiempo.

Lorem fistrum por la gloria de mi madre esse jarl aliqua llevame al sircoo. De la pradera ullamco qué dise usteer está la cosa muy malar.

Bordeamos las terrazas. Había comedores cerrados, semicerrados y abiertos. Unas instalaciones magníficas. Muy pegado estaba un edificio de Frank Gehry como nuestro «Guggenheim», aunque allí era un Auditorio de Walt Disney.

Una discoteca, desde fuera se veía que el ambiente era tremendo a pesar de ser muy pronto, poco más de las siete de la tarde. Nos quedamos un rato observando. A la entrada, el portero chequeaba a los jóvenes y los bolsos con un bastón de luz y sonido.

—¡Buscarán droga! —dije.

—¡Ama, buscan armas! —contestó mi hija.

—¡Ah! Quiero comprobar si me permiten entrar, siempre he querido hacer algo así.

—¿Y, se te ocurre aquí? —preguntó Ana, asustada.

—Pues, ¿dónde si no? Si no quieres yo sí, tu verás.

—¡Bueno, ¡pero a mí no me cachean!

—¡Vale! A mí tampoco.

El portero no mostró extrañeza alguna y lo único que miró fue en nuestros bolsos. Me encantó el local. Éramos las únicas blancas de la sala. Gente muy bien vestida y con clase. Pantallas con vídeos y música maravillosa, aunque demasiado alta. Hombres con cuerpos esculturales; las chicas más desastre, lo mostraban todo, importándoles más bien poco enseñar tanta carne desbordada por los exiguos vestidos. No había pista de baile, la sala no era grande y bailaban en cualquier sitio. Unas chicas sacaron a bailar a Ana, tomándole las manos. Ella, con algo de vergüenza bailó unos pasos y enseguida lo dejó. ¡Qué tonta!

De todo eso no hay fotos. No nos atrevimos.

Al día siguiente nos despedimos de la Ciudad de Los Ángeles para llegar pronto al aeropuerto, había que dejar allí el coche.

Antes visitamos el Queen Mary I, que estaba cerca. Transatlántico retirado, menos para los turistas. Como el Titanic pero sin hundir.

Nuestro vuelo salió horas más tarde, con lo que perdimos nuestro enlace. La vuelta fue todo noche. Nada que contar salvo el recuerdo de una gran ciudad, diferente, con sus luces y sus sombras, que me alegré haber visitado. En Frankfurt hicieron más que lo posible para encajarnos en un segundo vuelo. Nos dieron business, sirvieron una excelente cena regada por un buen vino, lo que quisimos. Llegamos a nuestro destino con una copa de más, o dos…

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